Los precios que verás son orientativos: lo ajustaremos juntos en función de lo que necesites y que tenga sentido en tu caso.
Ese paso previo —aunque parezca invisible— es lo que hace que las imágenes tengan sentido.
Que te reconozcas. Que permanezcan.
No trabajo por etiquetas, sino por intención.
Lo importante no es el formato, sino cómo quieres que te vean, qué quieres conservar y dónde estás en este momento.
Entrego una selección cuidada de imágenes, todas trabajadas con mimo, sin artificios ni repeticiones. Además, incluyo algunas impresiones para que te lleves algo tangible, algo que se conserve en este tiempo en que la imagen parece volverse volátil.
🪶 Las sesiones completas siempre incluyen ese detalle impreso. En packs más breves o promocionales, los formatos y entregas pueden variar según lo que elijas.
Mi compromiso no está en lo que prometo, sino en lo que cuido.
Porque garantizar no es vender, es cuidar el proceso para que el resultado tenga coherencia contigo.
Retocar no es disfrazar, es revelar. No soy una fábrica de filtros —soy alguien que observa lo esencial.
Porque más que fotos, acompaño momentos que merecen ser vividos —y luego conservados.
No automatizo procesos, no delego edición, no prometo resultados prefabricados. Lo que entrego lo he cuidado yo, imagen por imagen.
Y sobre todo, no busco que salgas bien, sino que te reconozcas.
Fíjate en cómo te habla, en cómo trabaja, en si te escuchan antes de disparar. Porque al final, lo importante no es solo el resultado… sino cómo te sentiste al vivirlo.
Quienes me buscan ya saben cómo va a ser el trato: cercano, cuidado y con naturalidad. Y eso no se fabrica, se gana. Poco a poco, sesión a sesión.
No busco convencer, busco que quien llegue diga: “esto va conmigo”. Y si eso ocurre, el proceso ya empieza con confianza.
Cuando envío presupuesto, reservo durante unas horas el hueco y las condiciones. Si respondes en ese plazo, puede haber algún detalle añadido como agradecimiento. No es una oferta, ni un descuento, ni una estrategia de marketing. Es una forma de cuidar también los tiempos y la energía que dedico a cada propuesta.
Creo que no se me queda nada en el tintero. Deseo que todo sea claro y transparente.
Eso es lo que me hace sentir orgullosa: cuando alguien se reconoce, se gusta, se lleva algo más que una imagen.
Si esperas demasiado puede que esa fecha ya esté ocupada —y lo bonito es preparar la sesión sin prisas. Prefiero que me escribas pronto aunque aún no lo tengas todo decidido.
La sesión tiene una validez de 6 meses desde el momento en que se compra, y no puede utilizarse como parte de otras campañas promocionales, como Navidad u ofertas específicas. Es un regalo pensado con calma, para ser vivido cuando mejor le encaje a quien lo recibe.
Porque hay regalos que no se envuelven. Se viven.
Pero si se anula la sesión el día antes o el mismo día, la señal no se devuelve. Trabajo con plazas limitadas y cada sesión requiere preparación: coordinar tiempos, ajustar estudio, preparar decorado… por eso la reserva implica un compromiso.
Si no puedes venir y conoces a alguien que quiera hacer la sesión, puedes ceder tu plaza a otra familia o persona. Así no se pierde la señal y se mantiene el cuidado que pusimos al organizarlo.
No son normas, es cuidado mutuo. Yo valoro tu tiempo, y agradezco que tú valores el mío.
Como referencia, los retratos individuales suelen durar entre 45 y 60 minutos, y las sesiones familiares entre 60 y 90 minutos. Pero siempre ajusto según cómo se desarrolle todo: si hace falta más tiempo, lo tomo; si fluye en menos, también lo aceptamos.
No se trata de apurar, se trata de acompañar bien.
Me muevo habitualmente por Madrid y Guadalajara, y dependiendo de la distancia, puede añadirse un coste extra por desplazamiento —no es lo mismo ir a 20 km que a 150 km. Lo hablamos antes, para que todo esté claro desde el principio.
Si tienes dudas sobre tu ubicación, escríbeme y lo vemos sin compromiso.
La entrega final se hace en un plazo máximo de dos semanas, en formato digital y en alta resolución. Las imágenes están preparadas para imprimir, compartir o guardar —sin marcas de agua, sin sorpresas.
Entrego las fotos necesarias para el reportaje que hayas elegido. Cada imagen se edita con mimo, una por una, sin automatismos.
A veces, quien hace una sesión vuelve meses después, con otra etapa, otra historia. Y eso también forma parte del proceso: crear imágenes que acompañan, no que se olvidan.
Si te apetece compartir cómo te sentiste, me encantará leerte.
No trabajo con letra pequeña ni promesas vacías. Todo lo que ves está pensado para que os sientáis tranquilos, cómodos y acompañados —desde el primer mensaje hasta mucho después de la entrega.
Cada sesión es única, como tú. Y lo que importa no es la imagen perfecta, sino lo que ocurre cuando confías en que puede ser bonito.
Si aún tienes dudas, podemos hablar. Porque aquí empieza todo: con una conversación, con un deseo, con una historia que merece ser contada.












